Frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana.
Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más solos.
Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas.
Trote hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin razón.
¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo,
y cuál será la intención de los papeles
que se arrastran en los patios vacíos?
Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras,
y en que las cañerías tienen gritos estrangulados,
como si se asfixiaran dentro de las paredes.
A veces se piensa,
al dar vuelta la llave de la electricidad,
en el espanto que sentirán las sombras,
y quisiéramos avisarles
para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones.
Y a veces las cruces de los postes telefónicos,
sobre las azoteas,
tienen algo de siniestro
y uno quisiera rozarse a las paredes,
como un gato o como un ladrón.
Noches en las que desearíamos
que nos pasaran la mano por el lomo,
y en las que súbitamente se comprende
que no hay ternura comparable
a la de acariciar algo que duerme.
Oliverio Girondo
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Tengo un amor inexplicable por los nocturnos. Con lado A amamos Nocturno de Vermont, de César Calvo, un poema que llena de belleza y sencillez la distancia, que te hace añorar algo que nunca te pasó, extrañar a alguien que no conocés.
Girondo tiene esa rotundidad magistral, esa habilidad para descorchar de una las emociones a través de palabras que, entreteladas por otro, no moverían ni a una mosca, pero que entre sus dedos son canciones sublimes, plagadas de sencillez y que tienen siempre, siempre, olor a nuevo.
Sin decir aún la palabra 'ternura', se presiente, se extraña desde el primer verso. Oliverio la acaricia, le
pasa la mano por el lomo y la deja para los versos finales, cuando uno ya está derretido entre las sombras, atormentado por sus gritos agónicos, paranoico por las futuras llaves de la electricidad que accionará.
Y uno mismo se siente nocturno y borracho.
'¿Es cierto que allá en Vermont es agosto y en este mar, ausencia...?'